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UN
DIÁLOGO ENTRE EL ALMA Y EL INTELECTO
ALMA:
Deseo y aspiro a resolver algunos temas, acerca de los cuales
se ha escrito (Deuteronomio 4:39): «...Confirmarás
en tu corazón que el Eterno es el único Dios...»,
esos principios de nuestra fe cuyo conocimiento toda persona
debe alcanzar en el grado de su inteligencia.
INTELECTO:
¿Y qué deseas saber, específicamente?
Hay Trece Principios de fe fundamentales. ¿Cuál
de ellos deseas abordar?
ALMA:
Yo he verificado todos los Trece Principios, sin quedar
en mí ninguna reserva en absoluto. Sin embargo, hay
algunos que he verificado y comprendo, y hay otros que,
si bien he verificado a través de mi creencia, no
están del todo claros para mi inteligencia y mi comprensión.
INTELECTO:
¿Cuáles alcanzan tu creencia únicamente,
y cuáles también tu razón?
ALMA:
La existencia de Dios, Su unidad, Su permanencia eterna,
Su incorporalidad y Su independencia de todo tipo de materia,
–creatio ex nihilo– la profecía, la profecía
de Moisés, el origen Divino y la inmutabilidad eterna
de la Torá, todos estos los creo y los comprendo,
y no necesito más explicaciones. Pero en cuanto a
la Influencia Divina, el castigo y la recompensa, la llegada
del Mesías, y la resurrección de los muertos,
ciertamente que creo en estos principios, pero me gustaría
además alcanzar una comprensión satisfactoria
de todos ellos.
INTELECTO:
¿Y qué es lo que los hace difíciles
de comprender?
ALMA:
Los grandes eventos que se repiten y que, de modo ostensible,
parecerían indicar exactamente lo contrario de la
Influencia Divina (Dios no lo permita). ¡Tanto más
cuando la razón parece no tener el poder de desentrañar
las consecuencias de estos hechos! ¿Qué es
lo que el Eterno pretende de Sus criaturas? ¿Hacia
dónde las conduce? ¿Cuál es el resultado
final de todo lo existente? Los actos de Dios nos parecen
tan amplios que ningún corazón es capaz de
contenerlos. Me gustaría que me enseñaras
el modo correcto de comprender todas estas cosas, sin virar
a la derecha ni a la izquierda.
INTELECTO:
Pero dentro de estos conceptos hay temas muy difíciles
y muy profundos, tales como el sufrimiento de los justos
y la prosperidad de los malvados, que han dejado perplejos
a los más grandes sabios y profetas, incluido Moisés,
y que simplemente no pueden ser entendidos.
ALMA:
Aquellos detalles que no puedo comprender no los trato de
comprender. Pero al menos déjame alcanzar un entendimiento
convincente de los principios generales para poseer un razonamiento
adecuado de todos estos temas. Y en relación a lo
que no puedo comprender, me diré a mí misma:
«No es una labor que tú debas realizar».
INTELECTO:
Que Dios ha fundado Su universo con justicia y que lo conduce
con justicia fiel y recta, sabrás que es algo obvio,
y que no deja ningún lugar a dudas. Tal como atestiguó
Moisés (Deuteronomio 32:4): «Él es la
Roca y Sus obras son perfectas, como perfectos son Sus juicios,
Su fidelidad y Su rectitud».
ALMA:
La rectitud de esta justicia y la profundidad de todo esto
que has mencionado es precisamente lo que querría
que me explicaras, con claridad, punto por punto.
INTELECTO:
Lo primero que debo explicarte, a fin de entender el resultado
deseado de todo esto, es la idea de la existencia del hombre
y la tarea que le incumbe.
ALMA:
Por cierto que es un tema que exige gran análisis,
si se ha de comprender en todas sus partes.
INTELECTO:
El cimiento sobre el que descansa toda la estructura es
que la Voluntad Superior quiso que el hombre se perfeccionara
y de este modo se perfeccionara todo lo que fue creado para
él. Esto, en sí mismo, será su mérito
y su recompensa. Su mérito: que él habrá
trabajado y se habrá esforzado para alcanzar esta
perfección, la cual, una vez lograda, podrá
disfrutar como producto de su labor y premio a sus esfuerzos.
Su recompensa: que finalmente habrá alcanzado esta
perfección y se deleitará en el bien por toda
la eternidad.
ALMA:
Se trata de un cimiento multifacético, y ansío
saber qué es lo que se construirá sobre él,
porque será entonces cuando comprenderé todo
lo que incluye. Pero antes querría hacerte una pregunta
de orden general: ¿hay alguna causa por la que la
Voluntad Superior quiso que fuera así?
INTELECTO:
La respuesta es muy simple, y tiene que ver con otra pregunta:
¿por qué el Creador deseó la creación?
ALMA:
Dame, pues, una respuesta que conteste a ambas.
INTELECTO:
De aquí podemos comprender lo siguiente: el Bendito
Creador es la esencia misma del bien. Y es la naturaleza
del bien otorgar bien. Por esta razón El Eterno creó
al hombre, para otorgarle bien. Porque si no hay receptor
no es posible otorgar bien. Pero en Su sublime sabiduría,
Él también sabe que ese bien puede ser completo
sólo si es recibido como el fruto de una labor realizada.
Porque sólo entonces el receptor se siente propietario
de ese bien y no lo recibe avergonzado, como quien recibe
caridad. Como está escrito: «Quién no
come de lo propio se avergüenza al mirar a su benefactor»
(Orla, 1:3).
ALMA:
Tus palabras tienen sentido. Continúa, por favor.
INTELECTO:
Nuestras observaciones introductoras nos han proporcionado
un tema central acerca del cual podemos reflexionar: la
imperfección y su perfección. Ahora debemos
conocer la naturaleza de la imperfección y sus consecuencias,
cómo corregirla de modo que la creación sea
corregida por su intermedio, cómo implementar esa
corrección, cómo conseguir esta corrección
y sus consecuencias.
ALMA:
Me parece que lo que debemos entender es la naturaleza de
la perfección lograda cuando uno completa su tarea
y descansa de sus labores. Sólo entonces podemos
comprender retrospectivamente todo lo mencionado. Porque
el logro final de un hombre será, en efecto, aquello
de lo que carecía al comienzo, caren-cia que lo impulsó
a luchar por conseguirlo en primer lugar.
INTELECTO:
Tienes razón. Pero en nuestra situación actual
sólo podemos entender la perfección de una
manera general y no en detalle. Aunque al ir conociéndola
de esta manera general sere-mos capaces de deducir sus defectos
originales en detalle, porque de todas formas cualquier
defecto se resolverá en una falta de esa perfección.
ALMA:
Dí entonces lo que puedas de esa perfección.
INTELECTO:
La perfección de la que hablo está implícita
en los pasajes bíblicos y en la razón. Y es
unificarse con la santidad del Bendito y deleitarse en la
aprehensión de Su Gloria sin estorbos, barreras o
impedimentos. En la Biblia (Isaías 58:14): «Y
entonces te deleitarás en El Eterno.», (Salmos
140:14): «Los rectos morarán en Tu presencia.»,
(Salmos 16:11): «En Tu presencia hay plenitud de gozo»,
y muchos, muchos otros de esa misma índole. Los Profetas
y los Escritos rebosan expresiones de este tipo. «Consultad
el Libro de El Eterno y leed» Y en las palabras de
los Sabios de bendita memoria (Berajot 17a): «En el
Mundo Venidero no se come ni se bebe... pero los justos
están sentados con sus coronas en sus cabezas y se
deleitan en el esplendor de Su Divina Presencia».
Desde la razón: el alma no es más que un fragmento
de El Eterno en las alturas. Siendo así, su único
deseo es regresar y volver a reunirse con su fuente y adherirse
a ella, ya que esa es la naturaleza de todo objeto generado:
aspirar a su fuente y origen. Y el alma no descansa hasta
haber alcanzado esta unión. Pero no podemos comprender
la verdadera naturaleza de esta unión mientras vivamos
en medio de la imperfección. Pero este mismo hecho
nos permite discernir nuestras imperfecciones. Porque de
la misma forma que comprendemos que la perfección
es esa unión, podemos entender que imperfección
es todo lo que nos desune y toda barrera que surge entre
nosotros y el Santo, Bendito Sea, y nos impide unirnos a
Él, como podríamos hacerlo si ese impedimento
no existiera. Y de este defecto debemos luchar por deshacernos
con el fin de lograr la perfección arriba mencionada.
Aquí, sin embargo, necesitamos introducir un tema
vital.
ALMA:
¿Y cuál es?
INTELECTO:
Que el Santo, Bendito Sea, podría haber creado al
hombre y a la Creación entera totalmente perfectos.
Más aún, esto es lo que se hubiera esperado
que Él hiciera, porque Él es la quintaesencia
de la perfección, y es sólo natural que Sus
acciones sean perfectas en sí mismas. Pero Su sabiduría
decidió que el hombre debía perfeccionarse
a sí mismo, y por eso Él lo creó imperfecto,
impidiendo que Su propia perfección y Su suprema
bondad se manifestasen en toda su magnitud en esa creación:
Él le dio la forma más adecuada para lograr
que cumpliera Su sublime cometido. Esto trae consigo otra
idea, que fue formulada por los Sabios (Jaguigá 13):
« “Shakai” (uno de los Nombre de Dios),
Quien dijo a Su mundo: “Dai” (basta)».
Durante la creación los cielos continuaron expandiéndose
hasta que Él los reprendió, como está
escrito en el Midrash. Es decir que evidentemente Él
hubiera podido crear más criaturas que las creadas
y podría haberlas hecho más grandes de lo
que son. Y si Él hubiese querido hacer que igualasen
en magnitud al Creador, serían ilimitadas como lo
son Él y Su capacidad. Pero Él los creó
de acuerdo a su naturaleza prevista. Es decir que Él
les acordó la medida y el carácter adecuados
a su cometido. Al hacerlo Él circunscribió
Su capacidad infinita, para que ésta no se realizase
plenamente en Sus criaturas, sino en los límites
de las criaturas generadas.
ALMA:
Esto realmente debe ser así. Porque es una base de
nuestra fe que Dios Bendito es todopoderoso en todos los
aspectos y Su capacidad no admite límites ni fronteras.
Y cada particular limitación que advertimos en Sus
criaturas refleja no la dimensión de Su capacidad,
Dios lo prohiba, sino la forma en que se hizo Su voluntad.
INTELECTO:
Resumamos este principio y vayamos a otra introducción
sumamente importante. Este es el principio: es como si Dios
se hubiera circunscrito, es decir, circunscribió
su capacidad de dar forma a las criaturas, para que sus
formas no estuvieran de acuerdo a Sus poderes sino a Sus
objetivos. Los creó imperfectos para que su perfeccionamiento
fuera una recompensa por el mérito de haber luchado
por él, y todo esto por Su deseo de otorgar el bien
completo.
ALMA:
Veamos cuál es el prefacio que mencionaste.
INTELECTO:
Ahora debemos comprender de dónde el hombre debe
obtener el potencial necesario para perfeccionar las imperfecciones
con las que fue creado. Nos estamos sumergiendo en un tema
muy amplio y muy profundo, ya que debemos analizar muchas
proposiciones de gran peso antes de llegar al fin de nuestro
tema. Y he aquí que deberás analizar todos
estos temas con gran paciencia, y en el debido orden. Porque
ésa es la sabiduría: adquirir conocimientos
uno tras otro hasta que, por fin, surge un concepto completo
para el cual tuvieron que formularse antes todas las introducciones.
ALMA:
Di lo que tengas que decir en el debido orden y yo escucharé
con toda paciencia y reflexión.
INTELECTO:
Primero debes saber que aunque ya dijimos que Dios quiso
proporcionar una percepción de la grandeza de Su
perfección a Sus creaciones, de seguro que no fue
Su intención proporcionarles una percepción
de toda Su perfección, la cual carece de todo límite,
valla o fin de cualquier tipo. Por el contra-rio, Él
quiso revelarles únicamente una fracción ínfima
de dicha perfección, cuya captación constituiría
todo su placer, según dijimos antes. Y esto es simple
lógica, ya que es imposible que algo que fue creado,
así como nosotros lo fuimos, pueda captar toda la
perfección de Dios. Tal como se ha escrito (Job 11:7):
«¿Puedes tú siquiera conocer los propósitos
del Todopoderoso? ¿Puedes tú destruir las
recónditas cosas de Dios?» Todo lo que el hombre
puede alcanzar no es ni siquiera una gota minúscula
frente al gran mar de perfección que es El Eterno.
ALMA:
Esto es obvio a quien es sabio, tal como se ha dicho (Salmos
106:2): «¿Quién puede expresar las portentosas
acciones del Eterno...?»
INTELECTO:
Ahora bien. Al considerar todo el orden de acciones de Dios,
la grandeza de todo lo que Él ha hecho desde que
puso al hombre sobre la faz de la tierra, y todo lo que
Él nos ha prometido por intermedio de Sus profetas,
lo que surge claramente de todo esto es la unidad esencial
de Dios. Debemos saber que todos los demás atributos
de Su perfección sin límites no nos son para
nada claros, puesto que nos falta la capacidad para comprenderlos.
Por ejemplo: sabemos que Él es sabio, pero no podemos
sumergirnos en la profundidad de Su sabiduría. Sabemos
que Él sabe, pero no podemos conceptualizar Su conocimiento.
Es en ese sentido que nuestros Sabios dijeron (Tikunei Zohar):
«Tú eres sabio, pero la sabiduría no
puede penetrarte. Tú eres comprensivo, pero la comprensión
no puede penetrarte». Y como no podemos alcanzar estas
cualidades, se deduce que se nos prohibe investigarlas,
ya que ellas entran en la categoría de «lo
que se te quita, no lo investigues; lo que se te oculta,
no lo sondees» (Jaguigá 13a). Y, de igual modo
(Sefer Ietzirá 1): «Si tu corazón se
adelanta, regresa a tu lugar».
Pero
en cuanto a Su unidad, por el contrario, ésta se
nos puede hacer manifiesta y completamente clara. Se deduce
que no basta con que nos sea clara, sino que además
debemos transferir esta comprensión al corazón
e implantarla allí firmemente, y sin ningún
tipo de reservas. Y es precisamente eso lo que nos manda
Moisés por la palabra de Dios (Deuteronomio 4:39):
«Sabrás hoy y confirmarás en tu corazón
que el Eterno es el único Dios en el cielo y en la
tierra. No hay ningún otro». Y la propia boca
de Dios atestigua y proclama que la suma total de todas
Sus grandes obras en este mundo es la revelación
de esta unidad absoluta, ya que se ha dicho (Deuteronomio
32:39): «Ves, pues, que la Roca soy Yo, solamente
Yo, y ningún otro dios me acompaña».
Y en las palabras del profeta Isaías está
dicho en forma explícita (Isaías 43:10-11):
«Para que sepáis y Me creáis y comprendáis
que Yo soy Él. Antes de Mí no había
ningún Dios formado, ni lo habrá después
de Mí. Yo soy, Yo soy el Eterno, y fuera de Mí
no hay salvador». Y (ídem 44:6): «Yo
soy el primero, y Yo soy el último, y no hay otro
dios fuera de Mí». Y (ídem 45:67): «Para
que sepan desde Oriente y desde Occidente, que no hay nadie
aparte de Mí. Yo soy el Eterno, y no hay ningún
otro. Yo formo la luz y la oscuridad. Hago la paz y creo
el mal. Soy el Eterno, que hace todas las cosas».
Ahora
bien: «Para que sepan», «Para que sepáis...»
implica que Dios quiere que sepamos, con conocimiento y
con inteligencia. Y la suma de los logros que Él
promete a Israel es la manifestación de Su unidad
en presencia de todos, tal como se ha mencionado en innumerables
ocasiones en los libros de los profetas (Isaías 2:11):
«Solamente el Eterno exaltado será ese día»;
(Zacarías 14:9): «Y será el Eterno Rey
sobre toda la tierra... En aquel día el Eterno será
Uno y Su Nombre Uno»; (Sofonías 3:9): «Luego
daré nuevamente a los pueblos una lengua pura, para
que todos puedan invocar el Nombre del Eterno, para servirlo
con un solo consentimiento». En síntesis, lo
resume nuestro constante testimonio diario (Deuteronomio
6:4): «Escucha, oh Israel, El Eterno es nuestro Dios.
El Eterno es Uno».
Se
desprende, entonces, que lo único que se nos manifiesta
en verdad de toda la infinita perfección de Dios
es Su unidad perfecta. Puesto que cuando escudriñamos
todo lo que se hace bajo el cielo, comprobamos la obra perpetua
de un proceso uniforme, cuyo fin es la revelación
de esta única verdad.
Ahora
debemos comprender dicha unidad y todas sus implicaciones,
tal como dice la Torá: «Sabrás hoy y
confirmarás en tu corazón que el Eterno es
el único Dios» (Deuteronomio 4:39), donde se
implica que esta comprensión exige un análisis
muy juicioso y un consejo adecuado. Tal como dije antes,
se trata de un mar enorme y anchísimo en el que debemos
zarpar con toda la fuerza de nuestras almas.
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